El reloj marca las 20:00.
Ambas almas gemelas caminan en dirección opuesta, y no lo saben. Ambas caminan a encontrarse, y lo ignoran.
En la misma acera. Ella ausente al mundo gracias a la melodía que asoma de sus cascos a toda voz. Él ligeramente preocupado por uno de los tantos pensamientos que inundan su cabeza.
Semáforo en rojo para peatones.
Se paran uno en frente al otro. Separados por unas líneas blancas, a escasos metros. Pero, aún no están preparados para darse a conocer.
Al día siguiente, misma rutina. O eso parecía.
Esta vez ella alzó la cabeza y lo vio. Estaba allí, en frente de ella, impaciente por el maldito semáforo en rojo. Rápidamente agachó la cabeza para mirar de nuevo sus converse negras.
Ella, creyente de su capacidad de ser invisible, pensó que podría subir un poco más el volumen de su música y hacer como si nada hubiese pasado. Pero, a pesar de ello, pasaron tan cerca el uno del otro que la atracción se hizo notar.
Pasaron los días y ambos, en la misma situación, sentían algo de curiosidad por saber quien era el otro. Compartían miradas de un lado de la acera a la otra, mientras esperaban los escasos minutos que duraba en cambiar el semáforo un color por otro. Después, era como volver a la normalidad.
Llegó el día en el que ella dejó de estar ahí a esa hora y pasó a ser uno de esos pensamientos que rondaban con normalidad en la cabeza del chico.
Semanas después, todo había dejado de ser como antes. La costumbre de las 8 de la tarde había desaparecido y todo por no dirigirse un par de palabras.
13/3/13
costumbres.
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