Hoy más que nunca me da por recordar. Más bien, llevo una semana recordando. Es lo que tiene saber que es lo que queda. Recuerdos. Van y vienen a mi mente. En cualquier momento me abordan. Y me gusta. Me gusta recordar cuando pretendías hacerme reír con aquellas burlas: dedo pulgar sobre la nariz y un descoordinado movimiento de los otros cuatro dedos restantes, acompañado de los ojos grandes y una risa burlona. O, sino, esa especie de cohete espacial que hacías con los dedos y ruidos con la boca. Éste último, siendo herencia, al igual que el carácter que tanto te representaba.
¿Te acuerdas de todas las veces que me veías correr hacia la piscina y decías “al agua va otra vez”? Yo si. Pasaba las horas metida en la piscina y tú, venías a vigilarme por si acaso me pasaba algo; y de paso a hacerme alguna que otra foto con tu vieja cámara de carrete.
¿Y cuándo me compraba un “bollycao” y lo apretabas para que saliera todo el chocolate y decir “mira, mira el mojoncillo”? ¿Cuántas veces me habrás dicho que me echara un buen novio y prontito que si no se me iba a pasar el arroz?
Es increíble la velocidad con la que el tiempo pasa y los recuerdos se almacenan en la mente con el único fin de revivirlos una y otra vez. En especial, en momentos como los que ahora vivimos.
No puedo decir todavía que te echo de menos, pues aún, para mí, tú estás ahí sentado en tu butaca esperando a que alguno de nosotros vaya a visitarte para enseñarnos algún barco nuevo, un banjo o cualquier genialidad de estas que se te ocurrían con el fin de evitar el maldito aburrimiento.
Todo ha sido tan repentino, que no me ha dado tiempo a reaccionar.
Quiero que sepas, que jamás olvidaré todo los buenos momentos; me los quedo para mí, los guardado en el corazón como si fueran un pequeño tesoro.
No son palabras de despedida; no es un adiós, sino un hasta luego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario