25/3/13
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Una vez que el miedo ha desaparecido consigues meter la llave y hacer un giro de muñeca que acompaña al sonido de apertura. Empujas y lo ves todo delante de ti, todo nuevo, listo para ser investigado.
Por un momento sientes alegría, aunque sin llegar a la felicidad. Empiezas a mirarlo todo, con cierto nerviosismo que no te deja hacerlo del todo bien. Quizá ya que está abierta la puerta, haya más ocasiones de detenerse, por eso ahora, quizá no es importante ser minucioso.
Días después, quizá te das cuenta de que no era así como querías hacerlo, aunque ya lo hayas hecho. Ya es demasiado tarde para cerrar esa puerta, por mucho que quisieras. Los sueños empiezan de nuevo a caer, y la sonrisa que un día se dibujó.. vuelve a desaparecer poco a poco.
Miras a tu alrededor, y todo lo ves correcto. Incluso aquello que te parecía un disparate, es lo más cuerdo que jamás hayas podido imaginar.
Todo se reduce a la nada. Todo es incorrecto.
Vuelta a empezar, aunque esta vez con esa puerta abierta. Es algo distinto para ti, sí, quizá con algo más de miedo. Ya has perdido la oportunidad de ser especial.
Quizá nadie entienda estas tristes palabras. Quizá nadie entienda la metáfora reflejada en ellas. Quizá tus zapatos sean un número tan diferente al resto, que nadie sea capaz de sentir los mismos sentimientos. Quizá solo me quede la rabia acumulada.
24/3/13
I want this.
13/3/13
costumbres.
El reloj marca las 20:00.
Ambas almas gemelas caminan en dirección opuesta, y no lo saben. Ambas caminan a encontrarse, y lo ignoran.
En la misma acera. Ella ausente al mundo gracias a la melodía que asoma de sus cascos a toda voz. Él ligeramente preocupado por uno de los tantos pensamientos que inundan su cabeza.
Semáforo en rojo para peatones.
Se paran uno en frente al otro. Separados por unas líneas blancas, a escasos metros. Pero, aún no están preparados para darse a conocer.
Al día siguiente, misma rutina. O eso parecía.
Esta vez ella alzó la cabeza y lo vio. Estaba allí, en frente de ella, impaciente por el maldito semáforo en rojo. Rápidamente agachó la cabeza para mirar de nuevo sus converse negras.
Ella, creyente de su capacidad de ser invisible, pensó que podría subir un poco más el volumen de su música y hacer como si nada hubiese pasado. Pero, a pesar de ello, pasaron tan cerca el uno del otro que la atracción se hizo notar.
Pasaron los días y ambos, en la misma situación, sentían algo de curiosidad por saber quien era el otro. Compartían miradas de un lado de la acera a la otra, mientras esperaban los escasos minutos que duraba en cambiar el semáforo un color por otro. Después, era como volver a la normalidad.
Llegó el día en el que ella dejó de estar ahí a esa hora y pasó a ser uno de esos pensamientos que rondaban con normalidad en la cabeza del chico.
Semanas después, todo había dejado de ser como antes. La costumbre de las 8 de la tarde había desaparecido y todo por no dirigirse un par de palabras.